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13 de junio de 2018

Cuento

El infierno, el purgatorio y el cielo del equipo que no estaba acostumbrado a ganar

En esta divina comedia miniatura, un aciano le relata a su nieto la historia del equipo de su país conformado por un grupo de héroes que recorrió un camino muy largo hasta gritar en la cima.

PARTE I – EL PURGATORIO

- Abuelo, ¿sabes por qué a nuestro equipo le cuesta tanto ganar en el fútbol?, -le inquirió el pequeño Tomás a Arturo-.

Nadie tiene la respuesta, pero la victoria para nosotros ha sido algo esquivo -respondió el hombre, certero-. No ha sido fácil de conseguir. Es como si fuera un animal furtivo imposible de atrapar o como un humo inaprensible que se escapa entre los dedos.

La victoria es una rareza que hemos visto a los ojos y nos ha embriagado de felicidad, tiñéndonos de color amarillo oro cuando la boca la hemos llenado de un sonoro grito de gol; pero también nos ha pintado de un azul en los fríos intervalos de espera o en los empates disfrazados de triunfos, e incluso, lastimosamente, algún día nos manchó de rojo sangre cuando abrazamos el espejismo y caímos de frente contra la realidad.

Déjame contarte el relato de cómo aconteció todo hasta ahora. Es como la evoco, seguro no fue así como la viví, probablemente no haya ocurrido de esa manera. A estas alturas de la vida, la memoria me hace agua.

- ¡Eso no es cierto Arturo, no conozco a nadie que tenga mejor memoria que tú!

Calma, calma Huracán… En el principio todo en el mundo del deporte era tan reciente que cada día se hacía algo nuevo. Así nos pasaba a nosotros.

Yo tenía 10 años en 1938, aquella fecha en la que disputamos el primer partido. No olvido que medimos fuerza contra los mexicanos, fue un fiasco, perdimos con contundencia 3-1. Ese encuentro fue para la cuarta versión de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, el 9 de febrero. No se me borra ese recuerdo porque ese día era mi cumpleaños.

Varios meses pasaron a la vista de todos sin que alguien pudiera hacer algo diferente y nos tocó jugar una competición oficial por primera vez, era la Copa América de Chile de 1945. ¿Te imaginas la emoción de esos chicos?, lucían un uniforme de color azul con el escudo de la bandera en la parte derecha del pecho, puesto que no siempre nos vestimos de amarillo, Tomás; ni tampoco nuestro símbolo fue desde los comienzos un círculo con pinta de balón rojo.

Debió ser algo aterrador porque el resultado de ese día hace pensar que casi siete años después de haberse atrevido a patear la pelota, todavía esos hombres seguían asustados. El adversario fue Brasil y el resultado fue similar: 3-0, otra vez perdíamos. El panorama no cambió en los juegos siguientes: Uruguay nos hizo siete goles; Chile dos y cuando por fin algo pareció iluminarse con el primer gol de nuestra historia… caímos abatidos por Argentina 9-1, ¡9-1!, cualquiera se hubiese dado por vencido, ¿no crees? Pero era deber continuar, quedaba mucho por recorrer.

- ¿En qué momento nos ocurrió algo bueno, abuelo?, -preguntó desesperado el niño-. Estoy cansado de escuchar tu historia llena de partidos perdidos como con trescientos goles en contra.

El anciano soltó una carcajada y complació a su nieto.

Está bien. Te voy a resumir nuestra huella en la historia de los mundiales en tres capítulos. Grábalos a fuego en tu corazón porque de eso está hecho este equipo, de esos momentos.

Primero fue el purgatorio.

- ¿Qué es el purgatorio?

Es esa época de nuestra historia en que duramos abrazando a un par de empates como nuestras gestas más grandes. Te dejo claro que no les estoy quitando mérito en ningún momento. Aquellos hombres fueron unos héroes y esas historias también despiertan orgullo.

Asimismo, el purgatorio han sido esos años sin ir a un mundial.

Resulta, mi querido mozalbete, que en 1962 disputamos nuestro primer torneo de seleccionados nacionales. Fue en Chile y en ese certamen tuvimos tres rivales: Uruguay, la Unión Soviética y Yugoslavia.

- ¿Unión Soviética, Yugos…?

Yugoslavia. Esos países ya no existen. Presta atención que voy a recordar la primera hazaña de nuestro equipo, que ocurrió a blanco y negro, en la ciudad de Arica.

El partido arrancó en medio de un viento inquieto. En cuestión de tres minutos nos hicieron tres goles, Ivanov, Chislenko y de nuevo Ivanov, respectivamente. Una ráfaga de pesadilla amilanó al portero Efraín ‘El Caimán’ Sánchez, parecía ser la historia que siempre se repetía. Pero de pronto Herman Aceros, al minuto 21, contestó insolente a la goleada con el primer aliciente. Íbamos 3-1, seguíamos perdiendo al fin de la primera mitad.

El segundo tiempo arrancó y al minuto 56, Ponedelnik anotó el cuarto, como lanzando la última palada de tierra sobre nuestro ataúd. Cualquiera hubiera dicho, apague y vámonos, pero ese grupo de muchachos encontró una mística incipiente y al 68, algo mágico ocurrió: el primer y único gol olímpico de los mundiales.

Fue un gol feo, pero nadie le quitará nunca la distinción a Marcos Coll, que elevó su nombre para siempre en los libros del fútbol. Luego vinieron dos anotaciones más para nuestra cuenta: Antonio Rada al 72 y Marino Klinger al 76. ¡Contra todo pronóstico empatamos! Pero ese no sería el único logro del equipo.

PARTE II – EL INFIERNO

- ¿Qué ocurrió luego?... Cuéntame que la historia está mejorando.

Luego del purgatorio, bajamos al infierno

Después de 28 años de sequía, regresamos a los mundiales en Italia 1990, en esa competencia logramos otro empate épico, en Milán, ante unos pánzers alemanes. Allí se gestó la primera orden dorada del nuestro equipo. Pero no me detendré allí, porque tengo que viajar tres años más adelante, para contarte que fuimos a Argentina, ganamos y le pintamos cinco bigotes en la cara a nuestro Cancerbero. En ese instante, nos creímos el cuento, nos juramos invencibles, pero nos estrellamos de la peor forma.

Luego de bailar a los gauchos, no con tango sino con cumbia, jugamos trece partidos amistosos contra: Venezuela, Arabia Saudita, Suecia, Bolivia, Corea del Sur, México, Nigeria, Perú, El Salvador, Irlanda del Norte y Grecia. El resumen: ganamos 8, empatamos 4 y perdimos 1.

- ¡Uy Arturito empezamos a ganar!

¡Respeta a tu abuelo, renacuajo! Pero tienes toda la razón, empezamos a ganar y clasificamos llenos de ilusión a Estados Unidos 1994. Éramos un flamante equipo que brindaba recitales de pases, goles de antología e irreverencia junto con un desparpajo sin igual. El grupo parecía un circo: había rizos dorados, bigotes copiosos, melenas largas, pieles oscuras y portentos humanos con la calidad genética para el deporte de mayor disposición. Eran lo más entretenido del mundo.

El problema es que ellos dejaron de caminar y empezaron a levitar luego de que un cúmulo de anotaciones y un par de sabios los dieran por favoritos.

- Y en esta ocasión, ¿quiénes fueron los rivales?

Rumania, Estados Unidos y Suiza

El primer partido fue frente a los rumanos y para sorpresa de todos perdimos con un doloroso 3-1. A pesar de esa situación, seguíamos vivos y se venía el partido contra la banda anfitriona. Estados Unidos nunca ha sido la némesis a quien temerle, pero ese 22 de junio, un autogol aturdió las consciencias y ese equipo del norte se convirtió en el peor verdugo.

Saltamos al terreno de Rose Bowl de Los Ángeles con un estadio repleto de hinchas. Estaba haciendo uno de esos soles de los que es imposible librarse y parecía que la derrota con los contrincantes previos había aterrizado a los engreídos. En una buena parte fue así y a los gringos los salvó un golpe en uno de los postes, que minutos después supieron devolver, poniendo los nervios de punta de los aficionados y de los muchachos de nuestro equipo.

Pero la contienda se vino a pique cuando una mala entrega en el medio campo aguzó a los rivales que en bandada arremetieron. Aconteció que uno de sus hombres lanzó un centro certero desde la izquierda, que uno de nuestros defensas, Andrés Escobar, intentó rechazar con la pésima fortuna que entró en la portería propia.

De ahí en adelante, la moral de los jugadores decayó a su punto más ínfimo al comprender la certeza de su imperfecta humanidad y el centrocampista norteamericano Earnie Stewart concretó la puñalada al corazón que acabó con el sueño. En un intento por no morir tan humillados, Valencia descontó, pero ya era muy tarde, había caído la horrible noche.

El equipo favorito del torneo reconocía que se iba de vuelta a casa sin haber jugado su tercer partido.

De ahí en adelante la tragedia cubrió a todo el grupo que conoció el infierno después de haber acariciado la gloria. Tan solo 10 días después del partido, el futbolista que originó sin querer la debacle fue increpado, en una discoteca, por unos hermanos que estaban con su escolta, quien en un ataque de furia inexplicable le descargó su arma al jugador.

Todo el fútbol se vistió de luto y ese hecho tan vergonzoso como horroroso pasó a los libros negros de la historia de los mundiales.

- ¡Qué momento tan triste abue! Exclamó el niño e un hizo gesto de no querer escuchar más la historia, cuando Arturo lo sacó de ese hueco profundo y sin luz al que había caído.

¿Sabes qué vino después? ¡Otro mundial!, Francia 1998, pero ahí pasamos sin pena ni gloria y duramos 16 años sin regresar hasta que, de nuevo, otro combo de valientes llegó tan lejos como nunca lo habíamos hecho en la competición más importante del futbol de selecciones.

PARTE III – EL CIELO

Es momento de adelantar la cinta Tomás, para hablarte sobre el cielo.

A ese lugar tan especial del deporte llegamos con mérito propio. Hicimos una eliminatoria brillante, nuestra casa en Barranquilla se convirtió en el fortín más temido y agarramos el tiquete con todas las ganas y la dicha rumbo a Brasil 2014.

- Otra vez en la fase de grupos, ¿cierto?

Efectivamente, mi diminuto retoño

- ¡No estoy tan enano!

El anciano se río una vez más y su semblante se iluminó cuando recreó el pasaje más grandioso de todos.

Llegamos al país de la samba, jugamos versus Grecia y ganamos 3-0; luego contra Costa de Marfil y repetimos 2-1 y cerramos con broche de oro ante Japón con un melodioso 4-1.

No creo que lo recuerdes bien, porque estabas cumpliendo cuatro años el día que tuvimos nuestro segundo reto de octavos de final de un mundial, esta vez ante Uruguay en el mítico Maracaná de Río de Janeiro.

La primera vez que llegamos a esa instancia perdimos tristemente 2-1 en tiempo extra en Italia 1990, ante Camerún.

Pero en Brasil ese cuento tuvo otro desenlace, el partido de octavos fue muy especial porque ocurrió algo maravilloso: una selección acostumbrada a despedirse pronto se reveló en contra de la historia y con jerarquía ganó un choque muy complicado.

El pitido inicial marcó un arranque luchado y los uruguayos dejaron claro que no iban a regalar un ápice de la gloria. Lo positivo fue que el combinado tomó la iniciativa y con una seguridad pasmosa agarró las riendas de la serie para dominar a ese potro salvaje que no sabe cuándo rendirse, ese mismo que simbolizaba su contendor.

Cuando muy temprano, al minuto 28, James Rodríguez, el niño maravilla que estaba fulgurando, luego de llevar tres goles en su cuenta -a lo largo de la competición-, recibió un pase de cabeza y con su pecho dirigió la redonda en dirección al arco, como desafiando a la gravedad, y sacó su zurda de oro para implantar el gol más hermoso del torneo, allá en donde las anotaciones se ponen más bonitas: en la escuadra, en el ángulo.

¡Gol!, qué digo gol, ¡golazo! La marea de gente rugió en coro y el rival se sintió hundirse en una arena espesa de la que sería complicado salir. Pero la garra charrúa le hizo honor a su mote y no bajó los brazos, pese a haber sido vapuleado con maestría y suficiencia.

Peleó, es más, esgrimió sendos ganchos que no dieron en su objetivo y James nuevamente sentenció su quinto gol del mundial. El encuentro estaba cerrado. El resto fue un intento infructuoso de los rivales que se toparon con una muralla.

El idilio alcanzó hasta cuartos de final cuando el equipo jugó contra el local, Brasil, en la madriguera del lobo. Siendo lo más valioso de esa anécdota, el otro gol de James que le permitió coronarse como el primer artillero de nuestra tierra en llevarse el título del goleador del mundial, con el laurel adicional de haber esculpido la anotación más preciosa. Pero ese es un cuento para otro día.

- ¡Fantástico abuelo, yo quiero ver algo así!

Solo te puedo decir Tomás, que en aquel torneo alcanzamos el punto más alto del trasegar histórico como equipo mundialista porque superamos nuestros propios límites. Estuvimos en el cielo y una reminiscencia hermosa se grabó en el corazón de un país entero.

Aquel halo de derrota desapareció por un instante, olvidamos el fracaso y nos dimos cuenta de que el peregrinaje, a lo largo de los mundiales y la historia de nuestro fútbol, nos llevó desde el purgatorio de los empates, pasando por el infierno de la pérdida, hasta las puertas del cielo.

Aquel hermoso paraíso a donde algún día volveremos. Ojalá que sea en Rusia 2018, para que ese grupo de deportistas que ha aprendido de sus errores pueda gritar muy duro: ¡Ya vencimos a las estadísticas, venimos por más, somos la Selección Colombia, carajo!

Por: Felipe Laverde Salamanca – Periodista

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